Sebastião Salgado: prestigioso fotógrafo, junto con su esposa, reforestó bosque en Brasil

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A medida que reverdece el campo que le vio crecer en el interior de Minas Gerais, lo hace también el alma magullada de Sebastião Salgado. Las heridas que cristalizaron en sus entrañas a través del objetivo de su cámara, en el desierto del Sahel o en Ruanda o en tantas distopías reales retratadas, tal vez nunca llegarán a sanar. Pero plantando dos millones de árboles en la finca de su padre, maltratada por la sequía y el ganado, encontró una mota de luz para creer en su especie gracias a la idea de la reforestación de su mujer, Lélia Wanick Salgado. Dio también con la inspiración para el que hasta ahora es su último libro, Génesis, que le permitió pasar de ser el fotógrafo de lo humano por excelencia a dejar al mundo boquiabierto con instantáneas de la naturaleza, siempre en blanco y negro, en lugares donde el hombre aún no ha dejado su huella ni sembrado el caos o la tragedia.

Crónica viaja hasta Aimorés, remoto pueblo del interior del estado brasileño de Minas Gerais donde creció Sebastião Salgado. Es un pueblo de casas bajas, suelos empedrados y vecinos en bicicleta que, clavado en el tiempo, conserva el inextricable misterio de las villas del interior de Minas. Visitamos el Instituto Terra, donde sembró la semilla del bien que ha motivado ya el regreso a la región de centenares de especies vegetales y animales. Encontramos allí un vergel frondoso donde el canto de los pájaros e insectos susurran su banda sonora. El verdor tropical presenta numerosos matices, todos de una intensidad vivaz, tantas veces salpicado por rojo de frutas, rosa de flores, amarillo de algunas hojas, siempre en comunión con una tierra rojiza y mojada. Los felinos y roedores se esconden a nuestro paso, pero el olor a vida húmeda y fresca no deja lugar a dudas: ya no estamos en una vieja granja seca, sino en una selva tropical.

Además del regreso de plantas y bichos, se está gestando allí un tercer milagro: combatir la sequía haciendo brotar el agua de las nacientes de río de la región, también ahogadas por el pasto de los ganados. El empleo y la educación son dos frutos más nacidos de este proyecto. Si el arca de Noé -relato incluido en el libro Génesis, pero el de la Biblia- salvó a las especies animales transportando parejas de todas ellas, la finca de Salgado parte de otra premisa: los animales llegarán cuando haya plantas. Recolectando semillas en un radio de 200 kilómetros, el Instituto ha conseguido recuperar 297 especies de árboles resultantes en un total de dos millones de árboles plantados. “Están las plantas pioneras, que nacen a pleno sol, y las no pioneras, como el Pau-Brasil, que necesitan sombra para crecer”, explica Jaeder Lopes, biólogo e ingeniero agrónomo de formación y gerente ambiental de la ONG, que vive entregado al proyecto con sus vaqueros, su polo blanco del instituto y su sonrisa amable. El trabajo de replantación no es tan fácil como andar echando semillas por el campo y “la competición con las gramíneas del pasto para ganado, que llegan incluso a matar a árboles que están naciendo” es uno de los principales escollos a superar.

Después de colectar las semillas, éstas pasan a un exhaustivo análisis de laboratorio, donde se investiga -no existe una literatura previa de cómo replantar la Mata Atlántica- cuáles resisten ser almacenadas durante un tiempo, el nivel de humedad que contienen, su peso… Se las organiza por especies. Una cámara frigorífica a cuatro grados de temperatura mantiene a las que lo necesitan, mientras otras reciben apoyo para la fotosíntesis.

Cuando salen de allí, Giovanilson do Nascimento se encarga de coordinar el proceso de plantación en el vivero, donde grandes árboles como la peroba, una de las preferidas de Salgado, empiezan a tomar forma de pequeña plantita. “El vivero tiene que estar orientado de Norte hacia Sur para recibir luminosidad y las plantas reciben para su desarrollo el adobe de micronutrientes, con nitrógeno, fósforo y potasio”, cuenta mientras un empleado de la fábrica riega las plantas del invernadero con una bombona a la espalda cargada con zinc, magnesio, azufre y otros minerales que ayudan a su crecimiento. El control de plagas y la limpieza de matojos que impiden el crecimiento son otros factores a tener en cuenta. Una vez degradada, la naturaleza requiere unos cuidados mucho más allá del brote natural, el ser humano necesita de su tecnología para optimizar el regreso de los ecosistemas a algo parecido a su lugar de origen.

Pero este reto no es sencillo. Si el hombre es capaz de destruir por sí solo, la cosa cambia a la hora de crear vida por elementos que escapan a su control como la lluvia. “La lluvia ayuda, pero no es suficiente”, se repite balanceando la cabeza Jaeder Lopes, resignado ante el trato arbitrario que los chubascos vienen dando a esta región, seca la mayor parte del año y con lluvias muy concentradas a finales. “En diciembre de 2013, llovió en dos días lo que estaba previsto para todo el año”, cuenta señalando con el dedo varias laderas de tierra desprendidas sobre las que descansan árboles muertos arrancados y tumbados sobre el suelo que dificultan la reforestación. Esta vez, las precipitaciones fueron crueles con los terrenos del Instituto Terra y con la propia ciudad de Aimorés, que contó con la ayuda del Ejército varios días para revertir un estado de calamidad que llevó a muchos a tener las maletas preparadas para partir.

A pesar de las condiciones climáticas, no obstante, un pequeño oasis con nenúfares y palmeras corona esta finca bajo el cántico colorido de pájaros que hacía muchos años no se veían por aquí. Araçá, Jabuticaba, Boleira, Jacarandá, Pitangas, coqueros y enormes perobas son algunos de los árboles que están devolviendo el color tropical a esta finca, una mancha verde en el medio de montañas secas y marrones tomadas por el ganado, principal sustento de pequeños y grandes productores.

Los pájaros fueron los primeros en regresar cuando la selva tropical brotó de nuevo. Hoy sus cantos alegran los paseos por el bosque. El vuelo sostenido del beija-flor, colibrí en español, es un espectáculo. Simpático, de colores vivos y metálicos, frena su vuelo con un estilo único para besar las flores, como su nombre indica, y así extraer el polen. Pero la gran reina de la selva emergente de Lélia y Tião, como llaman sus próximos a Salgado, es el ocelote, conocido en Brasil como “onça jaguatirica”, un leopardo algo más pequeño que ya ha asomado sus dotes de cazador por la montaña.

“El hecho de que tengamos a la jaguatirica, que ocupa el eslabón más alto en la cadena alimenticia, significa que el ecosistema está completo”, celebra Jaeder, que destaca también la presencia de algunos caimanes en el camino de regreso al vergel de infancia en el que se crio Salgado y que años de sequía y pasto del ganado acabaron por desnudar. El ágil y escurridizo felino se alimenta sobre todo de roedores, como el tatu-bola (el pequeño armadillo que fue mascota del Mundial), la paca, ratones campestres, los graciosos coatís o crías de capibara o carpincho, curioso roedor semiacuático del tamaño de un cerdo, con pelo crespo y ojos rasgados medio incrédulos. El pie rojo, el maracanã, diversas especies de búho, el pájaro carpintero, las anduriñas y un total de unas 200 especies de aves revolotean la hacienda, aunque el papagayo xauá, por estar en peligro de extinción, es tal vez la niña de los ojos del Instituto Terra.

Más allá del milagro verde de la hacienda Bulcão, como se llaman las tierras donde creció Salgado, la obra quiere tener también una fuerza expansiva y contagiar a vecinos en esta labor infinita de sembrar las semillas del bien que traigan de nuevo la naturaleza. “Cuando supimos lo que iba a hacer Sebastião de replantar la selva, todo el mundo en el pueblo creyó que fuera un loco y que no iba a funcionar. ¿Pero cómo va a replantar árboles en una tierra tan maltratada y para qué, si lo que da dinero es el ganado?”. Quien habla es Pedro Carlos Neto, que reconoce que cuando aceptó su trabajo en el Instituto Terra también era bastante escéptico. Después, su formación en la ONG como recuperador ambiental le ha permitido crear una empresa propia dedicada al paisajismo y al medio ambiente y emplea esos conocimientos en la Hacienda Villa Isabel, una de las mayores de la región que se ha implicado en el último ambicioso proyecto de Salgado: que el agua vuelva a brotar y llene las cuencas de un río Doce que hoy está seco.

Al instituto le cuesta convencer a los productores rurales de la importancia de buscar las nacientes de aguas maltratadas. Pequeños lagos, chorros de agua brotando de la tierra son hoy pisoteados por el ganado y ahogados por las gramíneas en un entorno sin vegetación adecuada para que se formen cuencas que alimenten al río Doce. Los de Terra exploran los terrenos de los propietarios que acceden y ponen a su disposición la infraestructura para cercar, de modo que el ganado deja de pisar sobre la naciente. Al poco, llevan las mudas criadas en la finca de Salgado para que crezcan y den la sombra necesaria para que ese agua no se seque y, al tiempo, nazcan a su alrededor las plantas que conforman el ecosistema ideal para una naciente de río.

El camino hasta que esas nacientes empiecen a llenar de agua el río Doce puede llevar decenas de años, pero por ahora 500 productores rurales ya se han implicado en el proyecto y se han recuperado alrededor de 1.000 nacientes de río. Eso sí, el objetivo final, a larguísimo plazo, espera que las 375.000 nacientes que existen en la región vuelvan a brotar. Algunos productores se resisten, “porque creen que van a perder aquel espacio”, cuenta Pedro, “pero no es que lo pierdan, lo están ganando”. Los resultados saltan a la vista cuando visitamos la pequeña finca de Mario, que bebe agua del grifo gracias a la recuperación de la naciente que el Instituto Terra ha proyectado en su terreno. El agua que ha ido creciendo gracias al trabajo de recuperación abastece al río, abastece su casa y aún sobran charcas donde sus vacas beben, por lo que en este caso el beneficio económico y el cuidado del medio ambiente van de la mano.

Año 2.000

Sebastião Salgado

La granja de Aimorés, donde creció el fotógrafo, presentaba este aspecto de secarral al principio del milenio, como retrató el propio Salgado.

Año 2.012

Weverson Rocío

ras su repoblación, es un paraíso natural con más de 297 especies de árboles, felinos como el ‘jaguatirica’ y el papagayo xauá.

Los brotes verdes de Salgado y Lélia no sólo se reflejan en los árboles, el agua y los animales, sino también en el impacto humano. “Cuando vuelvo a la finca, me siento muy orgulloso de haber participado en plantar aquella palmera que hoy está enorme”, cuenta Pedro, que formó parte de una plantilla de 130 trabajadores de la región a los que daba empleo el instituto. Hoy, debido a la crisis que ha afectado a las donaciones de las empresas privadas, se han reducido a 64. En total, 72.000 personas han pasado por el Instituto Terra para formarse en diferentes seminarios y charlas. Pero una de las joyas de la corona es la escuela técnica en recuperación ambiental, que recibe a 20 alumnos por año (98 ya se formaron). La mayoría hijos de ganaderos y algunos han empezado a trasladar su experiencia a las fincas de sus padres. Willias, de Nova Venecia, dice querer implantar un “proyecto propio” en su hacienda del vecino estado de Espírito Santo. Mónica, de Santa María de Tibá, ha convencido a su padre para recuperar la naciente de agua y espera hacerlo con otros vecinos. Lo mismo con Juliana, de Anxeta. Todos tienen, a sus más o menos 20 años, buenas perspectivas de empleo gracias al 83% de salida al mercado de trabajo de la escuela del instituto.

A esa edad, Salgado sabía muy poco de reforestación, “pensaba en ser aviador, estaba entusiasmado con los aviones y ahí ya empezamos a ver su naturaleza de aventurero”, cuenta a sus 85 años Maria da Penha Salgado, su hermana mayor y la única que vivió la vida entera en Aimorés. “Era un niño muy activo, que siempre estuvo muy enterado de las cosas de la hacienda, muy vivo, correteaba por allí cuando ya era tiempo de estar en el jardín de infancia. También le gustaba jugar a fútbol y montar a caballo”. “Cuando volvió a Aimorés, diez años después, era otra persona. Me preocupaba que no se fuera a quedar, pero estaba tan entusiasmado con sus fotos…”, narra.

Lo cuenta su hermana porque Sebastião y Lélia están incomunicados en Indonesia durante la visita de Crónica. El alma de Sebastião, no obstante, flota en las conversaciones de Aimorés, y parte de su obra está presente en las paredes de varios comercios y en el propio instituto. “Era muy malandro (pícaro), no paraba quieto y por eso le costó estudiar economía, aunque lo acabó sacando”, contaba su padre en imágenes de archivo en el documental La Sal de la Tierra, de Wim Wenders y el hijo de Sebastião, Juliano Salgado.

‘Soñé mucho, parado aquí’

“Creo que mi historia empieza aquí, en este lugar aprendí a desarrollar mi forma de ver. Hacía grandes caminatas con mi padre por estas sierras y veníamos hasta aquí para quedarnos mirando. Detrás de cada una de esas montañas existe alguna cosa a ser vista, alguna cosa a ser contada. Soñé mucho, parado aquí. Quería ir más allá de esas montañas, quería descubrir…”, cuenta el propio Tião en el documental. Después, llegaron los estudios de economía en Vitoria, donde viajó en el mismo tren que transporta los minerales de Minas Gerais al resto del mundo vía el puerto de esta ciudad, donde pasó algo de penurias, acostumbrado a la abundancia de la hacienda, y donde conoció a Lélia. Al lado de muchos hombres -y no detrás-, suele haber una gran mujer. Cuando en el 69 aterrizaron en París huyendo de la dictadura brasileña, él formado en economía, ella en arquitectura, fue Lélia quien compró la primera cámara que usó Sebastião. Él fue quien la disfrutó hasta el punto de empezar a regresar con grandes instantáneas de sus viajes a África como trabajador de la Organización Internacional del Trabajo. Al tiempo, Sebastião se volcó en la fotografía y dejó de lado su carrera de economista. Buceó por la miseria del desierto del Sahel en los 80, retrató la vida industrial en La Mano del Hombre y Trabajadores, libros del 93 y del 96, mostró la miseria de Brasil en Tierra y tocó fondo al acompañar a los refugiados del genocidio de Ruanda, parte de su obra Éxodos.

De regreso de aquella experiencia que le dejó traumatizado, de nuevo Lélia, dio luz a Sebastião con la idea de replantar la selva tropical que allí hubo en su infancia, ahora que a su padre no le quedaban ya fuerzas para cuidar del ganado. De sembrar la semilla del bien, el regreso de la naturaleza a una tierra inerte, surgió también la idea de Génesis, el libro de fotografías volcado en la naturaleza en el que algunos de sus colegas no confiaron. Tampoco los vecinos de Aimorés se creyeron en su día que la selva volvería a inundar las colinas.

Imagen principal: Luiz Maximiliano

Fuente: elmundo.es

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