Contaminación digital: la huella ecológica de estar hiperconectados

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En los últimos 50 años ha habido más avances tecnológicos que en el resto de nuestra era y la difusión de estas tecnologías en la sociedad es cada vez más veloz. Esto ha provocado que mientras en los últimos 50 años la población “sólo” se ha duplicado, el consumo de dispositivos electrónicos se ha multiplicado por 6.

Este crecimiento se ha disparado en los últimos meses debido a la situación de pandemia: aumentos del 20% en el consumo de equipamientos tecnológicos y de oficina, del 40% en consumo de redes fijas, etc…

La cara oculta: el impacto de la tecnología

Estas tecnologías nos ofrecen grandes ventajas y han salvado “nuestro modo de vida” en estos tiempos de confinamientos… Pero tienen una cara oculta poco conocida y es que este modo de vida tan tecnologizado tiene un gran impacto material sobre nuestro entorno, social y medioambiental, un impacto que comienza ya con el diseño de las tecnologías, donde reina la conocida como “obsolescencia programada”, aparatos diseñados para no durar: por poner un ejemplo, el ciclo de vida de un smartphone se sitúa entre los 18 meses y los 2 años, lo que significa que cada 24 meses, 2.800 millones de personas cambian de móvil.

Esta necesidad de que cambiemos continuamente de aparatos implica una gran presión sobre la producción de estos dispositivos: la obtención de las materias primas necesarias para su funcionamiento está envuelta en la problemática de los conocidos como “minerales de sangre” o “minerales en conflicto”: devastación de entornos naturales para abrir minas, condiciones ínfimas de seguridad, explotación infantil,…

Fernando Tucho, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, reflexiona sobre el impacto de la tecnología en el medio ambiente en plena era de la hiperconexión

Se estima que sólo en la República Democrática del Congo, uno de los principales exportadores de estas materias primas, el 90% de las minas podría estar controlado por grupos armados –no en vano su explotación ilegal sostuvo la conocida como “Segunda Guerra del Congo”-, siempre para alimentar la cadena de producción de grandes corporaciones como Microsoft, Apple o Samsung, entre otras, como denuncian Amnistía Internacional y Afrewatch.

No menos dramáticas son las condiciones de producción de los dispositivos, donde diversas organizaciones denuncian jornadas laborales casi de esclavitud, utilización de productos químicos altamente peligrosos que están prohibidos en occidente desde hace décadas, además de la contaminación de los entornos naturales.

El consumo energético de la hiperconexión

Con todo, quizá la parte menos conocida del impacto de nuestra “adicción” a las tecnologías sea que los dispositivos tecnológicos son responsables del 4% de la emisión de gases de efecto invernadero, cifra que supera la producida por el conjunto de la aviación civil, y en 2025 podría situarse en el 8%. Según datos recogidos por Greenpeace, en 2018, Amazon Web Services –que además de su división líder de compras online es el mayor proveedor mundial de servicios de alojamiento en la nube- fue por sí sola responsable de la emisión de 44,4 millones de toneladas de CO2.

A la cabeza de este “despilfarro” energético está el consumo de vídeo, responsable del 60% de todo el tráfico mundial de internet-. Sólo por dar algún dato, la huella de carbono de “Despacito” en YouTube en 2018 igualó a las emisiones de gases de efecto invernadero anuales de 100.000 mil taxis… aunque un solo día de Netflix triplica esta cantidad.

Los dispositivos electrónicos son responsables del 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero

Y la problemática radica ya no sólo en el alto consumo energético que necesitan las redes y los centros de datos (“la nube”) –donde, por ejemplo, el mayor centro de datos de la Comunidad de Madrid consume tanto como una ciudad de 200.000 habitantes-, sino en que esta energía proviene aun hoy mayoritariamente de fuentes no renovables. Por ejemplo, Netflix depende en un 80% de fuentes como el carbón, el gas y la energía nuclear.

Aunque se intenta que las tecnologías sean cada vez más eficientes en su consumo energético, lo cierto es que esta realidad parece no detenerse y la llegada del 5G producirá un aumento de la demanda energética: más estaciones base suponen más consumo, además de que habrá que seguir alimentando las redes del 4G, que coexistirán durante mucho tiempo.

Los residuos y las alternativas

La última cara de esta oscura realidad es el impacto que tienen nuestras tecnologías cuando se convierten en basura electrónica: 45 millones de toneladas a nivel mundial, 20 kg por cada ciudadano/a español/a, de las cuales, sólo un 20% estaría tratándose adecuadamente. ¿Dónde termina el 80% restante? En una macabra paradoja, vuelve allá donde empezaron este viaje: a vertederos descontrolados en África, de donde partieron las materias primas, o en China, donde tomaron forma los dispositivos.

Afortunadamente, existen alternativas que pueden ayudar a cambiar de alguna manera el rumbo de este amplio impacto de las tecnología sobre nuestro entorno, por ejemplo: alarga al máximo la vida de tus aparatos; trata siempre en lo posible de repararlos; si tienes que comprar uno nuevo, piensa en un aparato reacondicionado de segunda mano; si lo quieres nuevo, busca el que te ofrezca mayor durabilidad, como el Fairphone, el móvil más sostenible hasta la fecha.

Respecto al consumo, busca tus maneras de reducir tu uso de las redes y el consumo de audio y vídeo online, por ejemplo descargando los archivos en lugar de reproducirlos una y otra vez en streaming o haciendo tus búsquedas en texto en lugar de en vídeo. Y hablando de búsquedas, pásate a Ecosia, el buscador que invierte sus beneficios en plantar árboles para revertir el cambio climático. Y cuando te deshagas de un aparato, llévalo a un lugar donde lo vayan a dar un tratamiento adecuado. Todas y todos podemos hacer algo.

Fuente: www.fundacionaquae.org/

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